jueves, 8 de enero de 2015

La cabeza es redonda para que el pensamiento pueda cambiar de dirección.

Somos lo que pensamos. Lo que nos ocurre en la vida es una proyección de nuestros pensamientos. Y sin embargo la mayoría de personas siguen sintiéndose víctimas de las consecuencias nefastas que atraen a su vida, cuando en realidad, todos somos plenos responsables de lo que nos sucede. Tanto de lo bueno como de aquello que consideramos 'malo'. Que en realidad no lo es tanto, ya que cada experiencia vital trae consigo un enorme valor potencial.

Si queremos ser felices, es nuestro deber hacer de cada desgracia y de cada pérdida, una ganancia. Pues la vida es aprendizaje constante, y solo obtendremos el resultado deseado cuando comencemos a cambiar nuestra distorsionada visión de la realidad. Cada cosa que nos sucede, está ahí para hacernos aprender una lección, y sólo cuando esa lección es comprendida, comenzamos el camino hacia nuestra propia plenitud personal. Debemos aprender a lidiar con los obstáculos con los que nos topamos en la vida, pues las limitaciones sólo están ahí para ir más allá de ellas. Ese es el gran secreto que nunca nos han contado.

Para aquellos incrédulos y escépticos que no deseen ser dueños de su vida ni responsables de sus experiencias... ahí va un dato revelador: ¿Sabéis que tenemos alrededor de 60.000 pensamientos al día y que la mayoría son negativos? Aprender a observar esos pensamientos, (muchas veces inconscientes), y ser capaces de escuchar el parloteo incensante de nuestra mente como jueces y no como esclavos de nosotros mismos, es el gran paso para empezar a hacernos con el control de nuestra vida.

Pues como decía un gran maestro: "Cuando cambias tu forma de ver las cosas, las cosas cambian de forma."

miércoles, 7 de enero de 2015

Hacer del amado, un amante.

Dicen que en el amor siempre hay uno que quiere y otro que se deja querer. Yo no estoy de acuerdo. Bajo esta visión el amor sería algo totalmente pasivo, pero el amor nunca es sinónimo de pasividad, sino todo lo contrario. Quizá sí haya una cierta tendencia a que un miembro de la pareja ame más que el otro, pero no porque el otro se deje amar, sino porque necesita que le amen, que es muy distinto... ¿Acaso tiene lógica dejarse querer por alguien a quien no quieres? Desde mi punto de vista, no. A no ser que haya un deseo oculto en la pasividad del que se deja amar, y ese deseo inconsciente es sentirse amado.
No me malinterpretéis, a todos nos gusta sentirnos deseados, sin embargo, la mayoría de personas no saben que querer beneficia más al que quiere que al querido. Y esto ocurre porque muchas personas se pasan la vida anhelando que las quieran, sin llegar a experimentar plenamente el placer de amar a alguien.
Algunas personas, se aprecian tan poco, que precisan del exterior todo el amor que les falta hacia sí mismas. El problema está en que para querernos, no basta con que nos quiera el resto del mundo... Y para amar sanamente, primero hemos de aprender a querernos a nosotros mismos por lo que verdaderamente somos en esencia. Ya que el amor, como todo lo bueno, ha de trabajarse día tras día. Pues el secreto en esta vida, consiste en hacer del amado, un amante.

martes, 6 de enero de 2015

Las verdaderas batallas se libran en nuestro interior.

'Llegará a tus manos, en el momento preciso, justo aquello que necesites para seguir tu evolución. No hay errores; sólo lecciones. Y una lección será repetida en tu vida hasta que el aprendizaje te transforme.'

La gente le tiene miedo al silencio porque con él empiezan a escuchar lo que realmente traen en la cabeza.

Quien desee llegar a la sana conciencia, debe ser capaz de encarar voluntariamente su sufrimiento. Pues para sanar una herida, primero hay que abrirla y desinfectarla; si no es así, la herida no cicatriza nunca.

Nunca subestimes lo que cabe en un silencio.

Nos educan diciéndonos que las cosas se consiguen con esfuerzo, y que, junto a esas cosas, llegará la felicidad. La verdad, yo creo que eso es una gran mentira. Una mentira socialmente aceptada, universalmente determinada, pero una mentira al fin y al cabo. Yo no creo para nada en el esfuerzo como camino para hacer algo. No creo que haya que esforzarse, sino que hay que dedicarse, que no es lo mismo. La dedicación a algo, la apuesta de todo lo que soy al servicio de un proyecto, no es un esfuerzo. Yo no creo en el esfuerzo, en el sentido de forzarme a hacer lo que no quiero hacer. No creo en los logros que se consiguen desde el esfuerzo. Creo en la elección de un camino. Pues es la dirección la que infunde el sentimiento de progreso, más que el logro en sí.

domingo, 16 de noviembre de 2014

A la hora de la adversidad no pierdas la esperanza. Porque la lluvia cristalina cae de nubes negras.

Cuando era pequeña me gustaba tanto correr, que siempre iba corriendo a todos lados, aunque me sobrase el tiempo. Corría a complacer el deseo ajeno en vez de detenerme a observar el mío propio. Y corría tanto, para llegar a tiempo a las demandas de todo el mundo, que me acostumbré a las prisas y olvidé satisfacerme a mí primero. Pasé mi infancia escapando, escapando de mí misma. Viviendo más en el futuro que en el presente. Yendo a contrareloj, buscando una libertad de la cual yo me estaba privando... Pero no era capaz de verlo. Llegué a escapar tan rápido que mis pies olvidaron el camino que recorrían, y tropezaron con su propio reflejo, (pues no había ningún perseguidor en mi huída). Caí al suelo y me rompí el alma. Y sólo cuando me detuve a observar lo que había pasado, pude empezar a caminar de nuevo. Aprendí a andar a la par que aprendí a quererme y a respetarme. Aprendí a satisfacer mis deseos cuando detuve mi paso y me permití experimentar y descubrir lo que realmente quería. Aprendí a perdonar a los demás cuando comprendí mis propios errores y dejé de castigarme enmendándolos una y otra vez... Cuando me di cuenta de toda la energía que había despilfarrado, entendí que, si uno huye de sí mismo, su prisión siempre irá con él.

viernes, 5 de septiembre de 2014

El que despierta su conciencia, despierta a su genio interior.

Infeliz el que vive sin soñar. Infeliz el que se despierta cada mañana como si sus vivencias no le perteneciesen. Infeliz el que no cree poder cambiar su vida y sus experiencias. Infeliz el que vive al día, como si su destino ya estuviese escrito y destripado de ante mano, viviendo una vida que en realidad no es suya. Infeliz el que no lee, el que no lucha, el que se esconde por miedo a que le hagan daño, el que evita el amor por miedo al fracaso... infeliz el que se rinde antes de tiempo, el que no evoluciona en base a lo que vive. Infeliz el que crece olvidando su pasado, el que abandona al niño que hay en él, sin querer entender sus raíces y sus miedos. Infeliz el que no lucha por su crecimiento personal y su autoconocimiento, pues no hay mayor carga que castigarse toda la vida por un pasado que uno no entiende.

viernes, 8 de agosto de 2014

Con el tiempo aprendes a bailar bajo la lluvia, en vez de esperar a que pase la tormenta.

Hay puertas que hacen a uno imaginar quién podría vivir detrás. Existen puertas cerradas, puertas entreabiertas, puertas grandes y pesadas con múltiples cerrojos, puertas de cristal... hay puertas de todo tipo, para personas de todo tipo (las combinaciones pueden ser infinitas).
Unos se esconden bajo el miedo; algunos tan sólo están a la espera de que llegue algo o alguien que les haga felices, en vez de salir por sí mismos a buscar lo que quieren. Otros se esconden bajo una transparencia engañosa, se exhiben lustrosos pero son vulnerables porque cuidan tanto de lo externo que se olvidan de sí mismos.
A veces, todos nos escondemos bajo puertas que nos protejan, que nos aislen, o bajo puertas repletas de gente buscando sentirnos menos solos, menos vacíos... Sin darnos cuenta de que son esas mismas puertas las que nos encierran y amordazan. Yo pasé mucho tiempo perdida en una habitación que parecía no tener puerta de salida, y es que a veces nuestras experiencias nos hacen encerrarnos en dinámicas de repetición que sólo nos perjudican.

¿Pero sabéis qué? Que es mi casa ¡y construyo una puerta donde me da la gana! Porque el esfuerzo invertido en hacer esa puerta será ínfimo en comparación con la recompensa de ver el exterior. La puerta será mi canal de salida al mundo y la entrada a mi lugar de recogimiento, (al que al fin podré llamar hogar).
Cuando por fin he acabado la puerta, decido que quiero que mi casa respire de todo lo bueno que la rodea así que construyo una ventana y salgo al exterior. Salgo, salgo a ver mundo. Porque yo no me quiero quedar en mi jaula dorada, yo no quiero estancarme en mi vacío, yo no pienso pasarme mi vida protegiendo lo que he conseguido como si ese fuese a ser mi mayor logro en la vida. Así que salgo a caminar, y deslumbrada por la luz del día, me olvido de cerrar la puerta.
El terreno que rodea mi casa es un paraje majestuoso, así que me dejo llevar por un sendero cualquiera hasta que bajando por una colina me resbalo y caigo al suelo. Rompo a llorar mientras maldigo haber salido de casa. Me he hecho un pequeño corte así que decido volver para curármelo. Al llegar, veo la puerta abierta y descubro que me han robado, (y maldigo nuevamente mi decisión de haber salido de casa). Durante un par de días permanezco allí, pero acabo aburrida y hastiada, y me doy cuenta de que no hay nada de valor en mi casa que puedan quitarme. Nada irrecuperable, y por supuesto nada tan intrigante y reconfortante como el exterior. Así que decido salir de nuevo. Y de nuevo dejo la puerta abierta, pero esta vez adrede, (quizá alguien al pasar por aquí se sorprenda y quiera construirse también una puerta en su hogar. Así que ¿qué mejor que mi experiencia pueda servirle de inspiración?)
Cojo las llaves de mi casa, me adentro en el bosque y mientras bajo la traicionera colina descubro un lugar de ensueño: un lago de un color azul turquesa y una cascada inmensa.
Avanzo despacio para no errar,  y maldigo esta vez no haber seguido mi camino el otro día... pero es que cuando estamos mal, nos obcecamos tanto en nuestras desgracias que alejamos lo bueno de nuestro camino, simplemente porque no le damos pie a que aparezca en él. Nos cerramos puertas por habernos tropezado alguna vez a medio viaje, en vez de aprender de nuestros errores y variar nuestras acciones para llegar más lejos. Los miedos están para vencerlos, para entenderlos y superarlos. Están para alertarnos y demostrarnos que pueden pasar cosas inesperadas, que podemos tropezar en nuestro camino con un nuevo obstáculo y que podemos fallar en nuestro objetivo, pero eso jamás quiere decir que no podamos conseguirlo. Tan sólo es señal de que debemos progresar, de que debemos cambiar nuestros puntos de mira y transformar nuestras formas de entender lo que nos sucede.

Y es que, después de mi experiencia, todo lo que puedo decir es que la vida es evolución constante. Nuestra vida es un proceso dentro de algo todavía mayor, y es por eso que puede llegar a ser tan maravillosa.

Jamás podremos calcular las piedras con las que impactaremos en nuestro camino ni elegir de ante mano los visitantes en nuestras puertas, pero sí podremos decidir cómo tratar con esos visitantes y cómo aprender a levantarnos con cada piedra que nos haga caer.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

XIV

No daba crédito a lo que veían mis ojos. Un celador me acababa de abandonar, entre cientos de personas en camas pegadas a mí, y unas a otras en todas las direcciones posibles.
El ruido era incesante, acompañado de gritos de dolor y llantos de desesperación casi constantes.
Y en el techo de aquella enorme sala, un montón de luces blancas, delatadoras de todo aquel infierno, donde el sufrimiento se escondía bajo cuerpos mustios y sábanas estériles.

Alguna de aquella gente permanecía inmóvil, entubada, amordazada o con mascarilla. Pero lo que más miedo me daba y más me inquietaba de aquel lugar, no era estar sola sin mis padres, ni que la mujer que tenía al lado pudiese vomitar en cualquier momento sobre mí....  Y tampoco era el hecho de no tener ni idea de qué me pasaba, porque pese a mi dolor, yo todavía no era consciente de la gravedad de mi problema, por lo que casi me resultaba más inquietante la desesperación ajena, que la mía propia...

Lo que más miedo me daba de todo aquel cementerio de vivos del cual yo había pasado a formar parte tan repentinamente, era un señor situado a unos 20 metros de mí.
Estaba completamente calvo, pálido e inmóvil. Su cuerpo se veía escuálido, arrugado por el paso de los años, y su mirada parecía como perdida en un vacío infinito.
Aquel vacío en el rostro de aquel hombre logró traspasarme el alma. Y es que aquel señor estaba tan cerca de la muerte que os aseguro que podía sentir desde mi cama su fragilidad. Y os juro que me hizo sentir tan vulnerable y tan olvidada entre aquel montón de gente, que en aquel instante no pude hacer otra cosa que romper a llorar.


Pero entonces, llegaron mis padres.
Nada más verlos me sentí un poco menos perdida, aunque en realidad eran ellos quienes me habían encontrado a mí y no yo a ellos. De cualquier forma, necesitaba purgar, así que seguí llorando bastante rato mientras mi madre intentaba tranquilizarme y mi padre buscaba angustiado alguna enfermera que aliviase mi dolor, pues desconocía que mis lágrimas en aquel momento eran de desesperación.


Aquel lugar me sobrecogió de forma implacable. Creo que llegué a sentir el miedo que todos los allí presentes desprendían.... y es que en realidad, nacemos en pañales y morimos en pañales.
Vivos medio muertos, y moribundos sobreviviendo en aquella sala de espera, donde unos presagiaban su muerte y otros se amparaban a su suerte. Cuerpos secos, enclenques.Y yo en el medio, sin saber muy bien lo que hacía allí ni lo que me esperaba.

El olor a viejo y a enfermedad disimulado con ambientadores y productos antisépticos se filtraba por mis pulmones... Entre lágrimas, por un momento sentí que me faltaba el aire, me dio un vuelco al corazón y un hedor insufrible a enfermedad me recorrió el alma. Luego, me dormí.

Cuando desperté ya no estaba allí, aquel infierno parecía ahora una pesadilla pasada y esta vez una fría y vacía habitación de hospital, se me hacía casi tan placentera como la mía propia. Aunque claro está que aquella aparente calma transitoria, sólo era el trámite a mi propia desgracia, que estaba a punto de volver a mí en forma de metástasis pulmonar. Y lo supe tan pronto como vi aparecer a aquel médico por la puerta, con la mirada perdida entre mis informes. 

Y es que, ojalá todo fueran malos sueños.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

No es triste morir, lo triste es no vivir intensamente.

No voy a mentir, es cierto: Caí en tu juego.
Para mí fue fácil jugar contigo, hacías que cualquier cosa pareciese posible. Es más, lo hacías posible.
No tardaste mucho en domesticarme, y yo no tardé mucho en dominar tu juego. Bueno, nuestro juego. En realidad estoy convencida de que, pese a que tú lo creases, lo disfrutabas tanto como yo. Aunque supongo que el factor sorpresa que generabas constantemente en mí, fue lo que acabaste echando de menos cuando tu juego se te hizo rutina.

Desde el principio, jugamos a querernos. A querernos con todo el alma. Y así nos fue.
Ya sabía yo que cuando implicas todo tu ser en hacer algo, las cosas salen o muy bien, o muy mal.
Lo que yo no sabía es que cuando la cosa depende de dos, las posibilidades de un buen resultado se dividen a la mitad. Y esa mitad muchas veces ya no depende de ti.

No sé cómo lo conseguías pero te juro que hacías que yo rezumase vida por cada poro de mi piel, que respirase vida por cada aliento y que me sintiese viva por cada sonrisa, cada lágrima, o incluso por cada gota de sangre derramada...
Y es que en realidad tu juego llegó a ser muy dañino. Lograste que hasta en el sufrimiento yo encontrase una fuente de satisfacción... y es que, ¿qué más daba lo que doliese, si estabas tú ahí para lamerme las heridas?
Lo que yo no era capaz de imaginar, es que aquel juego que habías creado para que ambas nos refugiásemos de la toxicidad de pensamiento generada en el mundo, acabaría por hacerte aborrecer, y a mí por destrozarme. Y lo que tampoco me figuraba, es que yo no tendría ese as bajo la manga para ti, ese que tú siempre sacabas para mí como por arte de magia cuando más lo necesitaba.


Sé que no puedo describir ni la mitad de lo que significó nuestra relación. Ni puedo llegar a explicar en qué consistía exactamente nuestro juego, pues nadie entendería nuestra forma de querernos ni de ver el mundo. Hoy en día, la gente no sabe lo que es dar lo máximo de sí. Ya tenemos políticos que fingen actuar por nosotros, ordenadores que supuestamente almacenan información por nosotros, hasta personas que hacen cualquier cosa a cambio de dinero por nosotros... Tenemos tantas cosas, que nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho sin parar ni tan siquiera a pensarlo. Ya casi nadie lucha realmente por su vida y por ello nadie es consciente de esa infelicidad que asumen como normal.

He ahí el secreto de nuestro juego.
Sé que no puedo explicároslo como si fuera una lección de clase, porque es algo que tendríais que vivir en vuestra piel para lograr entenderlo. (Eso sí, os juro que valdría la pena.)

La cuestión es que nuestro secreto, residía en que nosotras nos queríamos a cada paso que crecíamos juntas; cada pensamiento que nos hacía reflexionar era como un "te quiero" propio y mutuo. Nos queríamos por lo que experimentábamos juntas, por cómo aprendíamos de nuestras experiencias y por la forma en que influíamos una sobre la otra en nuestra amplitud de miras y nuestra capacidad de desprecio de nuestro juicio absoluto sobre el del resto. Nos incitábamos a evolucionar mutuamente, sin prejuicios ni sistemas que nos limitasen. Eso era lo más bonito de tu juego, que nos hacía querernos a nosotras mismas, y la una a la otra, cada vez más, y cada vez con menos tabúes y menos trabas de por medio.

Pero al fin y al cabo, por mucho que quisieras compartirlo conmigo, era tu juego. Tú lo habías creado, y parecía tan perfecto... que el único fallo fue que tú siempre supiste cómo funcionaba todo, y yo sólo me sabía las reglas. Yo no podía sorprenderte por encima de mis posibilidades, las cuales habías ido estableciendo tú inconscientemente al llevar a cabo tu juego.

Pero.. ¿sabes qué?
Era un juego tan bonito que, en realidad yo no lo sabía,
pero me daba igual perder. Y es que en el fondo, lo cierto es que te perdí...
pero joder, ¡cuánto gané!

miércoles, 10 de abril de 2013

Por todas esas noches que no vamos a tener.

Recuerdo que cuando estábamos juntas yo sentía cada parte de tu cuerpo y de tu ser, como algo celestial. Cada caricia tuya, cada beso y cada aliento sobre mi nuca producía tal placer, que jamás podría compararlo con nada. El brillo de tus ojos era más vivo que el del cielo. Y tu aroma me producía escalofríos hasta en la punta de los dedos de los pies. Contigo, aprendí a sentir cada parte de mí, cada rincón, como núcleo y fuente del placer. Vivíamos por y para ello, la una para la otra.
Te quise más de lo que querré a nadie nunca, y no sabes la pena que me da. Pagaría millones por tener tiempo para volver a sentir algo así, tan puro, tan sincero y real. Y, aún con tiempo, dudo que fuese capaz de volver a experimentar algo así. (Pese a ello, pagaría por si acaso.)
Cuando te fuiste, yo te seguí queriendo durante mucho tiempo. E incluso de aquella, los sentimientos eran tan extremos e intensos que ni juntando todo lo vivido desde aquella hasta ahora, jamás, podría llegar a igualar esos momentos. No hay droga en el mundo que te eleve tan alto como el amor, y mira que las he buscado. No hay nada, y cuando digo nada, es nada de nada, que sea capaz de hacer tanto daño y a la vez transmitir tanta felicidad como el amor. NADA.
Y ahora que estoy aquí, en esta sala de espera de la muerte, entre pastillas y medicamentos inútiles que lo único que harán será prolongar esta agonía, haciéndola algo menos dolorosa y algo más agobiante y deprimente. Ahora que las horas se me hacen minutos y vivo muriendo a contratiempo, se me ocurrió que no podía dejar este mundo sin darte las gracias y sin odiarte y maldecirte unas cuantas veces más, al menos mientras aún tenga conciencia de mis actos y no sea un vegetal llevado a morir lentamente. Y es que te mereces ambas cosas, y ambas con la misma intensidad. Te quise y te odié, ahora simplemente me entristece la indiferencia con la que convivimos, fingiendo ser dos desconocidas que en realidad, se conocen muy bien. Con todo lo que me transmitiste y todo lo que sentimos y creamos juntas, ahora no somos capaces ni de la mitad de lo que fuimos. Fue bonito, lo mejor que me sucedió en esta vida, sin duda alguna. Me gustó formar parte de ello y que tú formaras parte. Ya nos encontraremos en otra vida, tal vez con más ganas que ahora, y con menos rencores de por medio.

Por y para siempre (des)gracias.

viernes, 25 de mayo de 2012

XXV

No quiero moratones, no quiero nauseas, no quiero dolor, ni pinchazos. No quiero transfusiones, ni metástasis, ni zofrán, ni radiografías; no quiero cirugías, ni dietas. No quiero anemias ni aplasias. No quiero osteosarcomas ni osteomelitis. No quiero driamicina, ni etopósido, ni ifosfamida, ni cisplatino, ni metrotexato. No quiero Septrim forte, ni ciprofloxacino, ni paracetamol, ni morfina, ni antieméticos. No quiero hospitales. No quiero contrastes ni quiero neulasta, ni heparina, ni TAC's ni comida de hospital. No quiero no comer. No quiero fiebre. No quiero jaquecas ni derrames pulmonares. No quiero Emla, ni Mesna. No quiero trombocitopenia ni mielosupresión ni leucopenia.

QUIERO VIVIR 

lunes, 19 de marzo de 2012

Sofía Querol Herrero

Corróeme.
Que se evaporen nuestras almas entre las sábanas.
Que se dilaten tus pupilas y que la espera sea sana.

Hiéreme
y vuélveme a curar
Deja que me pierda entre tus brazos
y que al despertar,
todo siga igual.

Que nos sobren los sueños,
que esta realidad venza cualquier distancia,
y que, en esta estancia,
con luz en calma y un cigarro entre los dedos,
yo cumpla tus deseos más sinceros.

Aprovechemos el momento y que al marchar,
me recuerdes mientras vuelves de nuevo a tu rutina.
Pero que esto,
quede grabado en tu retina,
y en tu mente.
Y que, aún sin cicatriz aparente,
deje huella.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Quiero querer.

¿Qué es eso de "quiero que me quiera"? Yo he llegado a la conclusión de que querer es mucho mejor que ser querido. Querer es un sentimiento mucho más grande, mucho más puro, que nace de dentro de cada uno, que surge y evoluciona con uno mismo. Que te quieran, es interpretable de muchas maneras y a muchas escalas, pero, cuando uno es el que quiere, es capaz de tocar la cima con todo lo que lleva dentro. Por tanto, por raro que parezca, el querer no beneficia al querido, sino al que quiere, pues el que quiere es el que siente, y ¿qué mejor que poder sentir tantas cosas hacia una persona? El amor es un estallido de emociones, es un chute de adrenalina y serotonina a la vez. La vida es aburrida y rutinaria, pero el querer es intenso y rompedor. Yo no quiero que me quieran, ¡qué coño!, yo quiero querer, que es mucho más interesante. Querer hasta poder sentir cosas tan extremas, que jamás me acostumbre. Ser tremendamente feliz e increíblemente desdichada, sí, quiero eso, quiero querer.

domingo, 4 de septiembre de 2011

No hay un camino a la felicidad, la felicidad es el camino.

Me niego a aceptar todo aquello que se nos da hecho. Me niego a lo fácil. En la vida, sólo merecen la pena aquellas cosas que avivan nuestra mente, nos moldean el alma y nos hacen dejarnos la piel en ello. Vale la pena el llanto, la sangre y la desesperación. Incluso vale la pena el dolor, pues si se soporta, ¿Qué mejor recompensa que eso? Pobres aquellos que no poseen motivos para llorar, ingenuos aquellos a los que la vida sólo les sonríe, pues tiene mucho más mérito aquel que después de llorar y sangrar y gritar y desesperarse, ríe, que aquel que ríe sin más.


viernes, 13 de mayo de 2011

Escuchando el silencio.

Aquella desconocida no era una mujer dulce. Sus rasgos eran marcados, duros y tremendamente sexys. Pelo corto, culo perfecto, cintura de avispa y un par de tetas altamente envidiables. Sus ojos, tapados por su flequillo castaño, eran tan penetrantes y turbios que me producían escalofríos en la nuca. Aquella mujer del cigarro era todo un enigma, y toda una belleza, he de confesar... Me encantaba su boca, de la cual salía más humo que palabras. Humo denso, como el de aquella habitación. Tumbadas sobre la cama, contemplábamos el techo, pintado con miles de colores, que me recordaban las vidrieras de las iglesias de cuando era niña.
Apenas hablábamos, nos mirábamos, nos sentíamos... ¿Para qué hablar si puedes transmitir mucho más en silencio? Yo acababa de encontrar a la primera persona de mi vida que sabía callarse, y joder, ¡Qué bien lo hacía! Era maravilloso, podía sentir su corazón, oírlo, interpretarlo y ella el mío. Sólo nos hacía falta tocarnos, mirarnos... sentirlo juntas. La primera vez que nos besamos sentí que no quería volver a besar otros labios que no fueran los suyos.
Es difícil de expresar, ¿Cómo se puede explicar con palabras algo que únicamente se siente? He ahí el secreto. Nuestro secreto. Yo ni siquiera sabía su nombre, ni ella el mío. No queríamos conocerlo, ¿para qué?
Nos llamábamos a besos.

Nos desnudábamos, nos abrazábamos, nos reíamos, y por su puesto, follábamos lo indecible. Sentíamos, y nunca nos cansábamos porque cada día era diferente.
Poco a poco nos fuimos conociendo, más con gestos que con palabras, pero bueno, tampoco todo eran silencios.

Estuvimos meses juntas, no sé cuántos, pero se me pasaron volando. Tal vez años... La vida con ella transcurría de otra forma, el mundo se paraba a nuestros pies, se detenía y dejaba que nuestras vidas se entrelazasen, al igual que nuestros cuerpos. Sin duda, fue la mejor etapa de mi vida. Nunca existieron dos almas tan parecidas en el mundo como para fusionarse, pero las nuestras, parecían una sola por momentos.
Entre las sábanas, perdimos la noción del tiempo... pero un día, algo nos devolvió a ambas a la tierra de una patada... Todo cambió en aquella mañana de 4 de diciembre, y con tan sólo mencionar una palabra: Cáncer.
Ella llevaba un tiempo encontrándose mal, con dolores de cabeza y mareos... no le dimos mucha importancia, pero con el tiempo fue a más. Esa mañana, se desmayó... fuimos al hospital y recuperó la conciencia, pero después de unas cuantas pruebas, el médico confirmó sus temores: Tenía un tumor maligno alojado en el cerebro. Se estaba muriendo, y no podían hacer nada por salvar su vida.

Mil silencios a su lado alegraron mi vida y apenas una palabra de aquel médico, bastó para destruirlo todo. Las palabras son tóxicas, dañan, hasta el punto de llegar a matar.
No le quedaba mucho, tal vez dos o tres meses....
Por primera vez desde que la conocí, comencé a medir los días.
El tiempo había regresado a nosotras, y a contrareloj. Parece que lo que la vida te da por un lado, te lo quita por otro, pero yo no era capaz de asimilarlo. Intentamos aprovechar el tiempo que nos quedaba de la mejor manera que sabíamos, y lo hicimos, aunque no era como antes. Nosotras no teníamos pensado qué hacer, no había planes de futuro, ni dudas, ni relojes. Pero a partir de ese momento nuestras vidas dieron un vuelco y aparecieron las preguntas. Teníamos miedo, pánico. Sólo juntas éramos capaces de evitar el mundo... y ahora ella se iba evaporando, y yo iba viendo como sus ojos se consumían, como su cuerpo, se marchitaba y como sus palabras, comenzaban a dañarme. Dolía la desesperación, la impotencia. Dolía ver el final. Dolía ver que todo lo que habíamos construído, se destruía de ese modo.
Una tarde de febrero, ella comenzó a hablar de una forma que yo nunca le había escuchado...

-No me queda tiempo... Siento como me desvanezco... me pesan hasta las pestañas y respirar me es insufrible... -murmuró con un hilo de voz- En todo este tiempo, hemos guardado los "te quiero" para darles un buen uso, un uso exclusivamente nuestro, para que no pierdan significado, pero, ¿Sabes? Tengo miedo y ahora siento la necesidad de quererte más que nunca y de agradecerte, con palabras, el haber aparecido en mi vida. La has cambiado, me has hecho feliz, feliz de verdad.
Creo que lo que hemos tenido, ha sido único. Las palabras solo son necesarias cuando se tiene miedo, es un intento de aportar mayor seguridad a uno mismo... simplemente te pido que no tengas miedo, que seas valiente ya que yo no lo soy, y que escuches los silencios, que yo estaré ahí. Has aprendido a encontrarme en el silencio, tan solo es cuestión de que lo sigas haciendo.

Yo no tuve fuerzas para contestarle nada. Me limité a abrazarla y a llorar, lloré como nunca en toda mi vida.
Dos días más tarde, por la noche, mientras yo preparaba la cena, ella se quedó dormida y ya no despertó. Cuando fui a su lado, por un instante noté un vacío en aquel dormitorio, un vacío que jamás había notado... pero solo por un instante.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Yo ya no soy tu valiente héroe.


No voy a mentir, es cierto: Caí en tu juego. Me enredé en tu pelo y en tus artimañas. Maquillé tus defectos y te hice perfecta. Por ti, tuve mis sueños más profundos y mis noches en vela más dolorosas. Cumplí mis sueños y destruí mis mayores deseos. Encontré el camino real y perdí el rumbo de mi mente.Y es que yo sólo soy un hombre como otro cualquiera, pero sé distinguir entre los juegos y lo que no lo son. Y esto ya no era una partida de las tuyas, estaba destrozándome de tal modo que lo que antes era un juego, ahora se había transformado en una batalla, en la cual, yo salía perdiendo. Debía decidir si abandonar la lucha o seguir adelante pese a no obtener trofeo alguno si vencía... y la paciencia colmó el vaso, el dolor apuntaló mi corazón, y entre lágrimas, decidí que lo mejor, era decir adiós a aquello, pese a haberme traído consigo tanta satisfacción. Pues en el fondo, me hacía más mal que bien.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Uno.

Si hubo un tiempo en el que creímos poder ser dueños de nuestras vidas y sueños... ¿Por qué ahora no? ¿Qué ha cambiado? ¿Qué ha pasado con la fe en uno mismo? ¿Ha dónde se ha esfumado nuestra valentía? ¿Es que nunca la ha habido? ¿Es que todo el coraje que hubo tan sólo fue por el respaldo de los demás? ¿Sólo fue que nos sentíamos cómodos porque el resto seguían nuestra decisión, la apoyaban y defendían con uñas y dientes? ¿No somos capaces de luchar contra una decisión que creemos injusta o incorrecta? ¿No tenemos valentía para mantener nuestra posición frente al resto pese a que nadie la defienda? ¿De veras somos tan estúpidos, cobardes y vendibles? Sí, eso, "vendibles", vendibles porque si cambiamos nuestra manera de pensar por lo que un puñado de gente pueda decir, sinceramente, valemos muy poco. Yo no pienso dejarme comprar de ese modo nunca, pues creo que vender los ideales de uno a alguien que no tiene opinión propia, es valorar muy poco el interior de una persona, y ¿sabéis? Conocer a una persona por dentro, es lo más difícil de todo. No creo que algo tan caro deba venderse por un módico precio, y más si éste es incitado por el miedo.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Hold me back.

Me gustaba más cuando podía creer en un "nosotros" y no en un "tú y yo", así, por separado. Era divertido levantarse cada mañana de la mano o encontrarme abrazada a ti nada más abrir los ojos. Era agradable preparar dos cafés con leche y que no quedara uno sin tomar. Me encantaba oír tu dichoso piano a lo lejos, hacía que no me sintiera sola. Adoraba nuestra casa de campo, verte segar el jardín y reír contigo al atardecer mientras sonaba nuestro viejo tocadiscos. Recuerdo cuando ponías Queen, Los beatles, Janis Joplin y todos aquellos grupos que te volvían loco, entonces, me cogías de la mano y me llevabas al porche a bailar. ¡Qué pena que de todo eso no quede más que el recuerdo!, ¡Qué pena que siempre me sobre café! ¡Qué pena que mis sábanas estén siempre tan vacías!, ¡Qué pena que las malas hierbas hayan inundado el jardín!, ¡Qué pena no oír tu piano!,¡Qué pena!... Qué pena que todo aquello que me hizo feliz, se haya perdido por completo para siempre.